caminodesanjuandelacruz

Hacer este Camino es tener la oportunidad de vivir una experiencia mística: experiencia porque se vive en la realidad, mística porque lo hacemos de la mano de San Juan de la Cruz.

En medio del bienestar y de sus crisis, este Camino de San Juan de la Cruz quiere significar un punto de arranque y despegue de la realidad concreta que afecte a cada cual. Una puerta abierta al descubrimiento de esas otras partes “del yo y de su historia”.

 

No es un fin en si mismo ni posee una meta o punto de llegada concreto: igual da llegar a Caravaca de la Cruz que a Beas de Segura, si es que se hace en su totalidad, o si se hace en alguna de sus partes, en la que sea y en cualquier dirección.

Es más: “puede hacerse hasta sin hacerse”: basta con no poder y querer (ancianos, personas con alguna minusvalía, situaciones personales concretas, etc.). Su motivación está en hacerlo con San Juan de la Cruz y, por último, no pueden participar en la convocatoria física. Estas personas ejercen un importante papel de colaboración, con sus oraciones, ayuda económica, ánimo, gestión y contactos… toda una red que facilita y enriquece los días que pasamos juntos. También con ellos.

Este Camino es un punto de partida para salir del letargo en el que a veces se puede vivir y descubrir que ello es posible. El esfuerzo, la dureza, actúa como revulsivo de nuestras costumbres, nos despierta, saca otra parte de nosotros mismos que habitualmente no conocemos. Que a veces anhelamos de algún modo, en otras ocasiones sabemos de alguna manera que está, o al menos podríamos imaginarlo aunque a todos no nos sucede del mismo modo ni todos lo desearíamos igual.

El esfuerzo lo podemos hacer porque vamos en compañía de otros y vemos que otros lo hacen. Dice San Juan de la Cruz:

“Pues no temes el caer a solas, ¿cómo presumes de levantarte a solas? Mira que más pueden dos juntos que uno solo”.[1]

Es una experiencia de despertar. Quiere ser un camino hacia el interior, un encuentro en el silencio, una búsqueda de la quietud… Pero, ¿es esto posible?

Leer a San Juan de la Cruz puede hacérsenos difícil, difícil de comprender y generalmente atribuimos esa dificultad a que su lenguaje no se corresponde con el que hoy desarrollamos. Lógicamente pensaremos que una versión más actualizada o interpretación de sus textos nos lo haría más comprensible.

Sin embargo esto no es exactamente así, dado que tal dificultad no radica en el lenguaje, sino en que supone tomar la vida desde la vida interior.

Y no es tampoco que seamos incapaces de comprender el lenguaje de la vida interior: la dificultad es el mismo tránsito de la vida propiamente sensible a la vida interior, es decir, el camino que recorremos de fuera hacia adentro.

Y fray Juan de la Cruz, poeta y místico, lo ha hecho por nosotros.

Pero no solo eso. Nos descubre también que lo aparentemente imposible (no solo lo difícil), puede ser posible: desde la vida interior es posible descubrir aquellos espacios, recuerdos, situaciones, opacos, confusos, incluso con cierta turbidez y comprenderlos aunque solo sea para olvidarlos, inmersos en un tiempo bordado en la misericordia del Amado.

Podemos decir que, caminando con él, lo difícil se nos hace fácil:

“Más indecencia e impureza lleva el alma para ir a Dios, si lleva en si el menor apetito de cosa del mundo, que si fuese cargada de todas las feas y molestas tentaciones y tinieblas que se pueden decir, con tal que su voluntad razonal no las quiera admitir. Antes el tal entonces puede confiadamente llegar a Dios por hacer la voluntad de Su Majestad, que dice: Venid a mi todos los que estéis trabajados y cargados y yo os recrearé (Mt. 11,28)”[2]

Cuando las dificultades de la vida misma requieren que nos la tomemos en serio, descubrimos que se nos hace más fácil, al caminar con San Juan de la Cruz.

 

“Más vale estar cargado junto al fuerte que aliviado junto al flaco: cuando estás cargado, estás junto a Dios, que es tu fortaleza, el cual está con los atribulados; cuando estás aliviado, estás junto a ti, que eres tu misma flaqueza; porque la virtud y fuerza del alma en los trabajos de paciencia crece y se confirma”[3].

San Juan de la Cruz no buscaba puntos turísticos ni experiencias de riesgo. Aunque a veces se los encontrara.

Tampoco buscaba medir sus fuerzas.

 

Buscaba a Dios:

¿Adónde te escondiste,

amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras ti, clamando, y eras ido.      

y pedía favores…

Pastores, los que fuerdes

allá, por las majadas, al otero,

si por ventura vierdes

aquél que yo más quiero,

decidle que adolezco, peno y muero.

 

con todo su corazón insistía…

Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas,

ni cogeré las flores, ni temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras.

 

¡Oh bosques y espesuras, plantadas por la mano del Amado!

¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado,

decid si por vosotros ha pasado!

 

y oyó..

Mil gracias derramando,

pasó por estos sotos con presura,

y yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de hermosura.

 

Lo suficiente para no perder el ánimo y seguir caminando…

Montes y llanuras, escarpados y valles, fuentes y ríos, manantiales de belleza y horizontes se abrían a su paso.

 

[1] “Poesías y escritos breves. Avisos, cautelas y cartas” Ed. Monte Carmelo, 2010. Avisos espirituales. Dichos de luz y amor, nº 9

[2] Ibid., nº 18

[3] Ibid.,, nº 4.