Espiritualidad y esfuerzo, elementos esenciales

El Camino de San Juan de la Cruz se puede realizar –o vivir- de muchas maneras diferentes, pero todas deben de tener dos elementos o contenidos inseparables y asegurados: espiritualidad y esfuerzo.

Un Camino intencionadamente “light”, no sería el Camino de San Juan de la Cruz.

No es un Camino para los sentidos, sino que los sentidos son para el Camino: de aquí que se abre y ofrece a todas las personas, sin excepción…

Es una experiencia de alegría, pero hay que decir que el sentido de esta alegría radica en el compartir no lo que sobra, sino lo que se necesita, con quien de ello carece (“Solidaridad no es compartir lo que sobra, sino hasta lo necesario para vivir” -San Juan Pablo II-).

Austeridad, generosidad, ayuda, solidaridad, que se vivencian en el silencio y en el paso del tiempo, es decir en medio de la dureza del caminar, de la paciencia en la conversación, del silencio compartido o de los pequeños –o grandes- detalles de ayuda: traslado de objetos, cortesía, gestos de amabilidad. Fray Juan lo ilustra con gran conocimiento:

“donde no hay amor, pon amor y hallarás amor” (D, 9)

El esfuerzo, la dureza, actúa como revulsivo de nuestras costumbres, nos despierta, saca otra parte de nosotros mismos que habitualmente no conocemos. Que a veces anhelamos de algún modo; en otras ocasiones sabemos de alguna manera que está, o al menos podríamos imaginarlo, aunque a todos no nos sucede del mismo modo ni todos lo desearíamos igual.

Cruzando el río Zumeta, entre Santiago de la Espada (Jaén) y Nerpio (Albacete)…

El esfuerzo lo podemos hacer porque vamos en compañía de otros (sobre todo espiritualmente) y vemos, también, que otros lo hacen. Dice San Juan de la Cruz:

Pues no temes el caer a solas, ¿cómo presumes de levantarte a solas? Mira que más pueden dos juntos que uno solo. (D, 9)

Pero el esfuerzo ha de ser constatable, no es una cuestión teórica y no debe de ser “a la medida”, sino en sobre medida. Debe de ser superior a lo que nosotros podríamos esperar, y sufrirlo, y vivirlo, de tal modo que luego podamos incluso recrearlo y, por supuesto, sabernos capaces de ello.

Puede entenderse también que, al realizarlo, se da una especie de cura de desintoxicación, una forma de echar fuera toxinas que llevamos en nuestro interior físico y psíquico, en nuestro mundo emocional, ha de ser una sacudida. Esta eliminación de toxinas, es posible y muy necesaria en algunos casos.

Sin embargo, es difícilmente llevadera. Cuando alguien está dependiente –pongamos por caso- de algunas sustancias, costumbres, emociones, etc., incluso en el mundo de las obsesiones. manías, fobias, etc., esta eliminación no suele vivirse de modo agradable y satisfactorio, sino incluso todo lo contrario en muchos casos y esto es, precisamente lo que las dificulta cuando el ambiente y el mundo de vida diario y habitual sigue siendo el mismo.

Pues bien, aunque cambie esa realidad, tal eliminación no deja de ser difícil o difícilmente tolerable, sin embargo, la compañía solidaria, el sentimiento de amistad (o Amistad) y el esfuerzo, la hacen posible.

No es, efectivamente, un paseo y lo que se descubre es a uno mismo, no tales o cuales realidades históricas o culturales, que también, pero el esfuerzo no es para esto último, sino para lo anterior.

Esto debe de saberlo el caminante, el andariego, y preparase para ello: físicamente (ejercicio, mantenimiento), mentalmente (diálogo, intercambio de informaciones, conocimiento de los lugares) y espiritualmente (oración). Cada cual conforme a su realidad.

Podemos acompañar esta reflexión con un pensamiento de Santa Teresita:

“Lo que Jesús censura no son los trabajos de Marta. A trabajos como esos se sometió humildemente su divina Madre durante toda su vida, pues tenía que preparar la comida de la Sagrada Familia. Lo único que Jesús quisiera corregir es la inquietud de su ardiente anfitriona.

Así lo entendieron todos los santos, y más especialmente quizás los que han llenado el universo con la luz de la doctrina evangélica. ¿No fue en la oración donde los santos Pablo, Agustín, Juan de la Cruz, Tomás de Aquino, Francisco, Domingo y tantos otros amigos ilustres de Dios bebieron esa ciencia divina que cautiva a los más grandes genios?

Un sabio decía: “Dadme una palanca, un punto de apoyo, y levantaré el mundo”.

Lo que Arquímedes no pudo lograr, porque su petición no se dirigía a Dios y porque la hacía únicamente desde un punto de vista material, los santos lo lograron en toda su plenitud. El Todopoderoso les dio un punto de apoyo: él mismo, él solo. Y una palanca: la oración, que abrasa con fuego de amor. Y así levantaron el mundo. Y así lo levantan los santos que aún militan en la Tierra. Y así lo levantarán también hasta el fin del mundo los santos que vendrán”

“Historia de un alma”. Santa Teresita del Niño Jesús. Editorial Monte Carmelo, 2012. págs. 305 y 306

 Así pues, la espiritualidad es este otro elemento que está presente también en el esfuerzo. Un binomio inseparable para el místico. La presencia de Dios, sea como sea como lo entendamos y el deseo de acercarnos a Él, manifiesto a través de la oración, de la inspiración, del esfuerzo y del compartir diario, de la austeridad, de la cercanía, de la sencillez y de la salud.

Aunque nos referimos claramente a la salud, en todos los sentidos (física, mental, espiritual) y aceptando diferentes niveles o estados, hacemos hincapié en la presencia de hábitos poco saludables (alcohol, drogas, sexo, tecno adicciones…) a los que se hubiera de renunciar: el Camino ofrece un tiempo y contexto idóneo de ayuda para ese tipo de renuncias.

Este Camino de San Juan de la Cruz rompe con el presente: cada paso determina un nuevo camino y establece un nuevo mensaje a descubrir, convierte la esencia de las cosas en realidades efímeras, aunque sensibles: es la propia naturaleza del caminar, el secreto del andariego, que deja tras de sí cuanto queda de su primera intención y, paso a paso, construye un camino hasta entonces desconocido. Y cuando lo reconoce, ya es pasado.

Es como el agua que corre, viveza del río…, que desembocará en el mar…

Entre Hornos y Pontones (Jaén)

Y Dios no solo lo espera, sino que le acompaña, con fray Juan de la Cruz, andariego en estas tierras…

“Más vale estar cargado junto al fuerte que aliviado junto al flaco: cuando estás cargado, estás junto a Dios, que es tu fortaleza, el cual está con los atribulados; cuando estás aliviado, estás junto a ti, que eres tu misma flaqueza; porque la virtud y fuerza del alma en los trabajos de paciencia crece y se confirma” (D, 4)

San Juan de la Cruz no buscaba puntos turísticos ni experiencias de riesgo. Aunque a veces se los encontrara.

Tampoco buscaba medir sus fuerzas.

Buscaba a Dios:

¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.

y pedía favores…

Pastores, los que fuerdes
allá, por las majadas, al otero,
si por ventura vierdes
aquél que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.

con todo su corazón insistía…

Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas,
ni cogeré las flores, ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.

¡Oh bosques y espesuras, plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!

y oyó..

Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

Lo suficiente para no perder el ánimo y seguir caminando…

Montes y llanuras, escarpados y valles, fuentes y ríos, manantiales de belleza y horizontes se abrían a su paso.

Sabemos que todo ello solo será posible y merecerá la pena si nos fijamos en Aquel que ya lo hizo por nosotros.

Pues que en la hora de la cuenta te ha de pesar no haber empleado este tiempo en servicio de Dios. ¿por qué no le ordenas y empleas ahora como lo querrías haber hecho cuando te estés muriendo?

(D, 77)