IDENTIDAD DEL CAMINO DE SAN JUAN DE LA CRUZ

Identidad del Camino de San Juan de la Cruz

Identidad del Camino de San Juan de la Cruz

Hacer este Camino es tener la oportunidad de vivir una experiencia mística: experiencia porque se vive en la realidad, mística porque lo hacemos de la mano de San Juan de la Cruz.

En medio del bienestar y de sus crisis, quiere significar un punto de arranque y despegue de la realidad concreta que afecte a cada cual. Una puerta abierta al descubrimiento de esas otras partes “del yo y de su historia” (letargo en el que a veces se puede vivir, inercias, problemas, deseos, frustraciones, éxitos…) y comprender que tales descubrimientos son posibles. Quiere ser como una experiencia de despertar, una especie de sacudida a la persona, y que Dios procurará la intensidad y profundidad necesarias para cada cual, en tanto le sirva para acercarse a Él.

Identidad del Camino de San Juan de la Cruz


No es un fin en sí mismo ni posee una meta o punto de llegada concreto: igual da llegar a Caravaca de la Cruz que a Beas de Segura, si es que se hace en su totalidad, o si se hace en alguna de sus partes, en la que sea y en cualquier dirección.

Es más, “puede hacerse hasta sin hacerse”: basta con no poder y querer (ancianos, personas con alguna minusvalía, situaciones personales concretas, etc.). Son personas que no tienen intención de detenerse en algún sitio o llegar a algún sitio determinado, aunque quizá les gustaría, Su motivación está en hacerlo con San Juan de la Cruz y, sin embargo, no pueden participar en alguna convocatoria física. Estas personas pueden comunicar a los convocantes su deseo de participar aún dentro de sus limitaciones, indicando la manera en la que lo van a hacer. Ejercen un importante papel de colaboración, con sus oraciones, ayuda económica, ánimo, gestión y contactos… toda una red que facilita y enriquece los días que pasamos juntos. También con ellos, que se convierten así en andariegos. Seguramente anónimos, pero presentes y unidos en la oración, sea desde donde sea.

Identidad del Camino de San Juan de la Cruz

Este Camino no se recorre, sino que “se hace”

Este Camino ha de ser un dejarse en las manos de, lo que nos permitirá descubrir algo que nadie de quienes caminan saben que es posible descubrir. Su realidad no dependerá de solo nuestro esfuerzo, ni de nuestras capacidades. Nos abrimos a la Providencia y, por lo tanto, el hablar ha de servir para no hablar.  Veamos qué nos dice fray Juan de la Cruz al respecto, en el comienzo de la Subida al monte Carmelo…:

“Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada.
Para venir a lo que gustas
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes
has de ir por donde no sabes.
Para venir a poseer lo que no posees
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres,
has de ir por donde no eres.
Cuando reparas en algo,
dejas de arrojarte al todo,
para venir del todo al todo,
has de dejarte del todo en todo;
y cuando lo vengas del todo a tener,
has de tenerlo sin nada querer.”

 

En esta desnudez halla el espíritu su descanso, porque no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba y nada le oprime hacia abajo, porque está en el centro de su humildad”

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Subida al Monte Carmelo

Es una experiencia de vaciamiento y de encuentro.

Es una experiencia de uno o varios días en la que esperamos encontrarnos con el amor y la hermosura en personas y momentos por los que pasemos y que se nos acerquen, en todo aquello por lo que sabemos que Él ha pasado.

En nuestros buenos momentos, pero también estuvo cerca cuando Le ignorábamos, en medio de los peligros, en las luces y en las sombras a nuestro lado, de nuestras buenas acciones o intenciones. No nos olvidó cuando nos alejamos de Él.

Este Camino viene a satisfacer una necesidad, y no precisamente la de entretenerse, distraerse o las más elementales de comer o dormir.

Puestos a ser conscientes, se hace por intentar ver que hay un interior habitado por Dios (“no estamos huecos”, dirá Sta. Teresa) y que, por ello, es hermoso, sea cual sea la concepción que de Él tengamos. En este caso, se hace porque se Le quiere oír y fray Juan nos ha dicho que por ahí pasó, dejándolo todo prendido de su hermosura… Por estas tierras, seguramente habitadas por ríos, vegetación y fauna hoy inexistente o diferente, por estos interiores tan de siempre y tan profundamente humanos.

Es por todo ello por lo que hacemos el Camino. Hemos de saber, además, que quienes lo hagan después de nosotros, pasarán por donde nosotros ya hemos pasado… Y, de este modo se construye. No es obra o invención de “alguien”, sino de todos.

Sabemos también que, durante su estancia en Beas o en Caravaca de la Cruz, pero sobre todo en sus caminos, se inspiró para importantes partes de su obra poética. Basta leer algo…

(…)
3. Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
4.  ¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!
decid si por vosotros ha pasado.
5. Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
e, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.[1]

San Juan de la Cruz fue el primero en hacer este camino. Camino que, a su vez halló en los pasos de las gentes de los lugares por donde pasaba. Gentes que limpiaban las sendas, trabajaban con bueyes, sudor, alegrías… Nada le fue ajeno a fray Juan de la Cruz.

Hoy queremos que tampoco lo sea para nosotros, y no queremos conformarnos ni con el andandillo ni con el ensalzamiento sin par de la naturaleza: aunque su cuidado, el respeto, el compartir, el agradecimiento, son también esenciales en este Camino:

“¡Oh, Señor Dios mío!, ¿quién te buscará con amor puro y sencillo que te deje de hallar muy a su gusto y voluntad, pues que tú te muestras primero y sales al encuentro a los que te desean?” (D, 2)

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Espiritualidad y esfuerzo, elementos esenciales.

El Camino de San Juan de la Cruz entre Beas de Segura y Caravaca de la Cruz se puede realizar –o vivir- de muchas maneras diferentes, pero todas deben de tener dos elementos o contenidos inseparables y asegurados: espiritualidad y esfuerzo.

Un Camino intencionadamente “light”, no sería el Camino de San Juan de la Cruz.

No es un Camino para los sentidos, sino que los sentidos son para el Camino: de aquí que se abre y ofrece a todas las personas, sin excepción… Así, de igual modo, cada persona aportamos nuestras capacidades en la construcción del Camino, lo que le confiere un valor tan innegable como indescriptible. Capacidades siempre diferentes y teñidas del valor de la escucha, la paciencia, la esperanza y, sobre todo, el amor, que las identifica y diferencia unas de otras, configurando al fin el tiempo y sus oquedades, para insistirnos con Santa Teresa que “no estamos huecos”. También los afanes, ilusiones o proyectos no son sino inmaterialidades susceptibles de tornarse reales, con esfuerzos concretos y trabajos, siempre conformes a las posibilidades o capacidades de cada cual. No puede extrañarnos pues que personas con movilidad reducida, disfunción sensorial o cualquier tipo de problema o limitación, deseen hacer el Camino de San Juan de la Cruz, también cualquiera de ellas disponen espiritualidad y esfuerzo en igual o mayor medida que otras. Aquí no es cuestión de medidas, sino de organizar los recursos y posibilidades conforme a realidades fructíferas y de encuentro.

El esfuerzo, la dureza, actúa como revulsivo de nuestras costumbres, nos despierta, saca otra parte de nosotros mismos que habitualmente no conocemos. Que a veces anhelamos de algún modo, en otras ocasiones sabemos de alguna manera que está, o al menos podríamos imaginarlo, aunque a todos no nos sucede del mismo modo ni todos lo desearíamos igual.

El esfuerzo lo podemos hacer porque vamos en compañía de otros y vemos que otros lo hacen. Dice San Juan de la Cruz:

Pues no temes el caer a solas, ¿cómo presumes de levantarte a solas? Mira que más pueden dos juntos que uno solo. (D, 9)

Pero el esfuerzo ha de ser constatable, no es una cuestión teórica y no debe de ser “a la medida”, sino en sobremedida. Debe de ser superior a lo que nosotros podríamos esperar, y sufrirlo, y vivirlo, de tal modo que luego podamos incluso recrearlo y, por supuesto, sabernos capaces de ello.

Puede entenderse también que, al realizarlo, se da una especie de cura de desintoxicación, una forma de echar fuera toxinas que llevamos en nuestro interior físico y psíquico, en nuestro mundo emocional, ha de ser una sacudida. Esta eliminación de toxinas, es posible y muy necesaria en algunos casos.

Sin embargo, es difícilmente llevadera. Cuando alguien está dependiente –pongamos por caso- de algunas sustancias, costumbres, emociones, etc., incluso en el mundo de las obsesiones. manías, fobias, etc., esta eliminación no suele vivirse de modo agradable y satisfactorio, sino incluso todo lo contrario en muchos casos y esto es, precisamente lo que las dificulta cuando el ambiente y el mundo de vida diario y habitual sigue siendo el mismo.

Pues bien, aunque cambie esa realidad, tal eliminación no deja de ser difícil o difícilmente tolerable, sin embargo, la compañía solidaria y el esfuerzo, la hacen posible.

No es, efectivamente, un paseo y lo que se descubre es a uno mismo, no tales o cuales realidades históricas o culturales, que también, pero el esfuerzo no es para esto último, sino para lo anterior.

Esto debe de saberlo el caminante, el andariego, y preparase para ello: físicamente (ejercicio, mantenimiento), mentalmente (diálogo, intercambio de informaciones, conocimiento de los lugares) y espiritualmente (oración).

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Y este esfuerzo, que decimos ha de ser constatable, no ha de confundirse con otras cosas. Decía San Juan de la Cruz que “la penitencia por la penitencia es cosa de bestias”.

He aquí su dulzura, su comprensión, su cercanía a lo humano:
el esfuerzo, tal como decimos, constatable y superior,
no es en ningún caso el fin, no es la finalidad, no es una prueba de resistencia.
No es la superación de ningún límite. No es una prueba de alto rendimiento.
 
Es, simplemente, reconocerse y querer ser mejor. Y orientar hacia ello nuestra voluntad, con nuestras capacidades, cada cual con su historia personal.
Y juntos.
 
San Juan de la Cruz, seguía el siguiente “esquema” de conocimiento…
Naturaleza → Uno mismo → Dios


Podemos acompañar esta reflexión con un pensamiento de Santa Teresita:

“Lo que Jesús censura no son los trabajos de Marta. A trabajos como esos se sometió humildemente su divina Madre durante toda su vida, pues tenía que preparar la comida de la Sagrada Familia. Lo único que Jesús quisiera corregir es la inquietud de su ardiente anfitriona.

Así lo entendieron todos los santos, y más especialmente quizás los que han llenado el universo con la luz de la doctrina evangélica. ¿No fue en la oración donde los santos Pablo, Agustín, Juan de la Cruz, Tomás de Aquino, Francisco, Domingo y tantos otros amigos ilustres de Dios bebieron esa ciencia divina que cautiva a los más grandes genios?

Un sabio decía: “Dadme una palanca, un punto de apoyo, y levantaré el mundo”.

Lo que Arquímedes no pudo lograr, porque su petición no se dirigía a Dios y porque la hacía únicamente desde un punto de vista material, los santos lo lograron en toda su plenitud. El Todopoderoso les dio un punto de apoyo: él mismo, él solo. Y una palanca: la oración, que abrasa con fuego de amor. Y así levantaron el mundo. Y así lo levantan los santos que aún militan en la Tierra. Y así lo levantarán también hasta el fin del mundo los santos que vendrán”[2]

Así pues, la espiritualidad es este otro elemento que está presente también en el esfuerzo. Un binomio inseparable para el místico. La presencia de Dios, sea como sea como lo entendamos y el deseo de acercarnos a Él, manifiesto a través de la oración, de la inspiración, del esfuerzo y del compartir diario, de la austeridad, de la cercanía, de la sencillez y de la salud.

Nos referimos claramente a la salud, aceptando diferentes niveles o estados, pero hacemos hincapié en la presencia de hábitos poco saludables (alcohol, drogas, sexo, tecnoadicciones…) a los que se hubiera de renunciar. El Camino ofrece un tiempo y contexto idóneo de ayuda para ese tipo de renuncias.

Sabemos que todo ello solo será posible y merecerá la pena si nos fijamos en Aquel que ya lo hizo por nosotros.

Son días de alegría, pero hay que decir que el sentido de esta alegría radica en el compartir no lo que sobra, sino lo que se necesita (“Solidaridad no es compartir lo que sobra, sino hasta lo necesario para vivir” -San Juan Pablo II-), con quien de ello carece.

Austeridad, generosidad, ayuda, solidaridad, que se vivencian en el silencio y en el paso del tiempo, es decir en medio de la dureza del caminar, de la paciencia en la conversación, del silencio compartido o de los pequeños –o grandes- detalles de ayuda: traslado de objetos, cortesía, gestos de amabilidad. Fray Juan lo ilustra con gran conocimiento:

“Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor[3]

[1] “Poesías y escritos breves” Editorial Monte Carmelo, 2010, pp. 17 y 18.

[2] “Historia de un alma”. Santa Teresita del Niño Jesús. Editorial Monte Carmelo, 2012. págs. 305 y 306

[3] Carta de S. Juan de la Cruz atendiendo una consulta