VIDA Y ESCRITOS

S. Juan de la Cruz, obra de Rafael Pí Belda en Caravaca

El 14 de diciembre la Iglesia celebra la fiesta de S. Juan de la Cruz, místico y poeta. Es uno de los españoles más universales. Sus obras están traducidas a más de 50 idiomas y es leído por cristianos, musulmanes, budistas, hindúes, no creyentes, agnósticos… Acerquémonos brevemente a su persona.

Juan de Yepes nació en Fontiveros (Ávila) en 1542 y murió en Úbeda (Jaén) en 1591. Conoció la miseria desde su infancia. Fue testigo de la muerte de su padre y de su hermano a causa del hambre. Desde niño trabajó como aprendiz en distintos talleres artesanos, emigró, mendigó y sirvió en un hospital.

Su negación de todo lo accesorio, su amor a lo esencial, al trabajo manual, a los oficios humildes, su caridad con los enfermos y otras características suyas, encuentran aquí un buen fundamento.

Cuando asuma cargos de responsabilidad en el Carmelo Descalzo, lo encontraremos cuidando personalmente de los enfermos, diseñando las plantas de los conventos, levantando tabiques, pintando muros, cultivando la huerta y realizando todo tipo de trabajos manuales. Algo impensable en una época en la que estas ocupaciones se consideraban incompatibles con las actividades intelectuales o de gobierno, por deshonrosas.

Paradójicamente, su condición de pobre de solemnidad le abrió la posibilidad de recibir una inicial formación intelectual en el colegio de los «doctrinos» para niños pobres de Medina del Campo. Allí «aprendió muy deprisa a leer y escribir bien».

Esto le capacitó para asistir a las clases de humanidades que impartían los Jesuitas en el Colegio que acababan de abrir en la ciudad. Allí se empapó de los autores clásicos y de la literatura italiana, de la poesía culta y de la popular.

El administrador del Hospital de la Concepción le propone ser Capellán de la institución. Los Jesuitas intentan reclutarle en sus filas. Pero él con 23 años decide hacerse Carmelita con el nombre de Juan de Santo Matía.

En el noviciado recibe una intensa formación espiritual. Lectura obligada era el Libro de la Institución de los primeros Monjes que propone: «el fin de nuestra vida religiosa eremítica…es ofrecer a Dios un corazón santo y puro… experimentar en el alma la virtud de la presencia divina y de la dulzura de la gloria soberana».

En 1564, estudia en la Universidad de Salamanca, entonces en su mayor esplendor, donde enseñan profesores brillantes como Francisco de Vitoria, Fray Luis de León, Melchor Cano, etc. Como alumno muy aventajado, es nombrado prefecto de estudiantes, encargado de preparar disputas (discusiones públicas sobre un tema defendido con argumentos sólidos frente a las objeciones del rival).

En estos años sufre una crisis vocacional. Ha sido preparado en el noviciado para una vida de oración y retiro, debe leer y escuchar textos que le recuerdan los orígenes ermitaños del Carmelo… Y sin embargo, el Carmelo es de hecho una Orden mendicante, comprometida en el apostolado urbano. El mismo Fray Juan se encuentra ocupado en múltiples actividades, todas ellas buenas, pero distintas de su original vocación contemplativa. Después de pensarlo detenidamente, decide irse a la Cartuja.

En Medina del Campo conoce a Teresa de Jesús, que contaba con 52 años, empeñada en su segunda fundación de Carmelitas Descalzas. El Santo tiene 25 años, y se encuentra allí para cantar su primera Misa. En el locutorio, le comentó a Teresa su deseo de irse a la Cartuja, buscando una entrega más generosa al Señor. Ella le contestó: «¿Para qué quiere ir a buscar fuera lo que puede encontrar en su propia Orden?». Y le invitó a unirse a su aventura fundacional. A él le pareció bien, «con tal de que se hiciera presto». Dijo a sus monjas que ya tenían “fraile y medio” para la reforma (lo acompañaba un fraile más alto…) Cambió su nombre por el de Fray Juan de la Cruz y se convirtió en el primero de los frailes Descalzos y en una de las personas con las que más intimó Santa Teresa. No se trataba precisamente del tipo de hombre que más pudiera gustarle a la santa en principio. Lo veía entonces como uno que no vivía sino para la contemplación y no para otra cosa. Pero no tardó ella en aclarar después de aquel primer encuentro en Medina del Campo que, aunque fuera chico, era grande a los ojos de Dios por más que se hubiera enojado con él a ratos. Teresa lo admira: “un hombre celestial y divino” —le dice a la priora de Beas, un hombre que necesita cerca, un tesoro para sus monjas—; aunque también dijo: “líbrenos Dios de estas personas tan espirituales que quieren convertirlo todo en contemplación perfecta… Si uno intenta hablar de Dios al padre fray Juan de la Cruz, éste cae en trance y vos también con él”.

Reconstrucción de su celda, con la mesa y banco que usaba en sus visitas a la hospedería de Beas de Segura.

En el Carmelo Descalzo encontró respuesta a sus ansias contemplativas y pudo conjugar la oración constante, el trabajo manual en soledad, la vida fraterna en sencillez y la intensa actividad apostólica: predicación de la Palabra de Dios, formación de religiosos y religiosas, dirección espiritual de clérigos y laicos, así como un fecundo magisterio escrito. No fue fácil el proceso de asimilación de la reforma propuesta por Teresa, que al conocer el primer convento de los Descalzos quedó encantada porque los frailes salían a predicar a los pueblos de alrededor y dedicaban mucho tiempo a enseñar a la gente a amar al Señor; pero también llegó a decir: “Harto fatigada me tenían algunas veces”, decepcionada porque no entendían totalmente su propuesta y se entregaron a una vida rigurosa y penitente, que era el modelo de santidad de la época. Ella llamó la atención a los frailes y les invitó a moderarse. Con ironía y con pena dice que «como eran más virtuosos que yo, no me hicieron caso». Con el tiempo, fray Juan de la Cruz irá asumiendo cada vez más claramente los valores del humanismo teresiano.

 Recorre los caminos de España y Portugal, llevando la contemplación a la vida y la vida a la contemplación (sabemos que anduvo alrededor de 30.000 km)

 Fue incomprendido, perseguido, encarcelado y maltratado debido a las sospechas y suspicacias de los Carmelitas Calzados ante las propuestas reformadoras de los Descalzos. Pero no hay en su obra rastro de amargura ni resentimiento.

En 1591, en el Capítulo de Madrid, renuncia a todos sus cargos y se ofrece voluntario para ir a Méjico. Yendo hacia Andalucía a fin de preparar el viaje, murió en Úbeda, quiso oír en el lecho de muerte el Cantar de los cantares, esa voz central de la Biblia que había manejado tanto, con tan alta genialidad y la más honda penetración.

Supo unirse íntimamente a Cristo y en él encontró todo lo que podía desear. Más de 400 años después de su muerte, sigue siendo un faro que ilumina nuestro caminar.

S. Juan de la Cruz no es un escritor vocacionado. Desarrolla oralmente su magisterio, tiene grandes capacidades para llegar a sus oyentes, a los que escucha, conforta, aconseja de manera personal. Los primeros escritos suyos que conservamos son de cuando ya tiene 35 años:  31 estrofas del Cántico espiritual, los Romances y la Fonte, en parte compuestos en la cárcel, en 1578.

A sus amigos y dirigidos suele entregarles papelitos con una frase o un dibujo que resume lo que han hablado (esto dará lugar a los Dichos de Luz y Amor). Cuantos escuchan la explicación de sus poemas le piden que lo ponga por escrito, lo que realiza entre 1582-1586, en los ratos que le dejan libre sus múltiples ocupaciones: viajes, gobierno de las casas, atención a los enfermos, formación y dirección de las Descalzas, mantenimiento de los huertos y conventos…

Cristo crucificado, miniatura ovalada realizada por San Juan de la Cruz

Hoy conservamos la Subida al Monte Carmelo, la Noche oscura del alma, el Cántico espiritual (en dos versiones), la Llama de amor viva (en dos versiones), los Dichos de luz y amor, unas pocas poesías y algunas cartas y obras menores.

Escribe para enseñar, no para entretener. Es consciente de que algunas páginas suyas son difíciles. No se detiene en los primeros pasos de la vida espiritual, sino que quiere ayudar a quienes ya han realizado un camino importante y se encuentran con dificultades en el seguimiento de Cristo.

En San Juan de la Cruz, la experiencia personal del sufrimiento y la íntima relación entre su doctrina y su vida dan credibilidad a su mensaje y lo hacen actual para un mundo que busca testigos antes que maestros. Dice san Juan de la Cruz que nuestro corazón tiene capacidad infinita, por eso no se llena con menos que con Dios. Podemos tener todos los bienes del mundo, pero si nos falta Jesús, nada vale la pena. Puede faltarnos todo lo demás, pero si tenemos a Jesús, tenemos lo principal.

Al inicio del Cántico Espiritual recoge la experiencia que marca el inicio de todo verdadero proceso de conversión cristiana, y que consiste en «caer en la cuenta», asumir vitalmente que el cristianismo no es un conjunto de doctrinas, de ritos o de normas morales, sino el encuentro con el amor incomprensible de un Dios que nos ha creado por amor, que nos ha redimido por amor y que nos ha rodeado de mil manifestaciones de su amor antes incluso de nuestro nacimiento. En definitiva, un Dios que es siempre «el principal amante» (C 31,2) en sus relaciones con el hombre. Por eso, la persona enamorada se esfuerza por «imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saber imitarla y actuar en todas las cosas como actuaría Él» Lo aclara cuando recomienda «no hacer ni decir palabra notable que no la dijera o hiciera Cristo si estuviera en el estado que yo estoy y tuviera la edad y salud que yo tengo» (G 3). No basta con repetir lo que hizo Cristo. Debemos hacer lo que Él haría en las circunstancias concretas que nos toca vivir.

En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.

 A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

 En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

 Aquésta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

 ¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable más que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

 En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

 El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.